Sujeciones en mayores.

Qué son las sujeciones, cuándo se usan, y consideraciones sobre su uso.

En el cuidado de una persona mayor, ya sea en casa, en una residencia, o hasta durante un ingreso hospitalario, alguien puede sugerir el uso de sujeciones. Hay sujeciones físicas, que limitan la libertad de movimientos, y por tanto, atentan contra la dignidad y la autoestima de la persona (solo hay que pensar en que nos ataran, ¿verdad?); y hay sujeciones químicas, es decir, sedantes, hipnóticos o tranquilizantes que se administran para controlar alguna conducta supuestamente peligrosa, o molesta, sin más. Así que hay que sopesar muy bien los beneficios que se buscan, y que compensen claramente los inconvenientes.

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Por cierto, hay que ser conscientes de que siempre se apela a razones de seguridad del paciente, pero lo que muchas veces de verdad se persigue es la conveniencia de los cuidadores, compensar carencias organizativas o incluso defectos arquitectónicos. Hasta se recurre a las sujeciones para llevarse mejor con los familiares y evitar reclamaciones, cuando se trata de una residencia o un hospital, pongamos por caso.

Se suelen indicar para reducir el riesgo de accidentes, controlar conductas agresivas, proteger tratamientos necesarios (para evitar que el paciente se arranque una sonda, por ejemplo), o para asegurar el reposo en determinados casos, como fracturas.

Hay que saber que las sujeciones físicas no han demostrado ser efectivas para evitar caídas: es más, pueden facilitar su aparición, y aumentar su gravedad. No curan, no ayudan a un diagnóstico, no son terapéuticas, restan capacidad, y causan graves complicaciones derivadas de la inmovilización, como las úlceras por presión, atrofia muscular, estreñimiento, incontinencias e infecciones. Por no hablar de los efectos psicológicos, como el pánico, la vergüenza, la agresividad o la depresión.

Y si hablamos de sujeciones químicas, se sabe que causan delirium, deterioran la función cognitiva y física, provocan movimientos repetitivos y rigideces, mareos, vértigos, hipotensiones, que comprometen el equilibrio de la marcha (y todo esto, propicia caídas), además de deshidratar, estreñir y propiciar la retención de orina. Y por si esto fuera poco, aumentan las posibilidades de que que se usen sujeciones físicas.

Todo esto lo debería valorar un médico, pero su decisión va a estar muy condicionada por cómo se le plantea la cuestión: si el personal al cuidado y la familia transmiten la idea de que el paciente provoca problemas de convivencia, o que no pueden garantizar su seguridad, entonces las sujeciones se verán como inevitables. En pocas palabras, la actitud del médico depende de la actitud de todos los implicados en el cuidado del paciente.

Es bueno saber qué se puede hacer para evitar las sujeciones. Aquí van algunas ideas:

  • Lo primero, adecuar el entorno, empezando por eliminar obstáculos con los que tropezar, como alfombras y cables sueltos. Poner luces rojas de baja intensidad para guiarse por la noche, bajar la cama todo lo posible y quitar barandillas, porque aumentan la altura de la caída (en casos extremos, se puede poner el colchón en el suelo). Dejar en la mesilla de noche o cerca todo lo que necesita la persona: gafas, bastón, andador, la luz, y hasta un timbre o una campanilla para pedir ayuda.
  • Adecuar la organización. Es fundamental prevenir las alteraciones de la conducta manteniendo ocupadas las horas del día de la persona que se cuida, ofreciéndole tareas con las que se sienta útil, y ejercicio físico o rehabilitación. Aparte de esto, una actividad muy recomendable es programar las visitas al aseo, porque se hace ejercicio, y se previene la incontinencia o la necesidad de levantarse por la noche, con lo cual, hasta se descansa mejor.
  • Hablar de las alternativas, así como de los inconvenientes de las sujeciones. Es fácil quedarse en los problemas observados y justificar que las sujeciones son inevitables, pero pasar por alto lo que no vemos en el momento: otras formas de lidiar con los problemas, qué hacer para no necesitar sujeciones, y los efectos adversos a los que podemos dar pie con ellas, con la mejor de las intenciones, claro está.
  • Hay que considerar las sujeciones como el último recurso, siempre la mínima posible, y el menor tiempo posible. En todo caso, hay que estar atentos a los efectos que producen, y si acarrea más problemas, retirarlas inmediatamente.
  • Hay que tener claro si al prescribir las sujeciones se está atendiendo una necesidad del paciente o de su entorno. No parece lógico que una persona que se cae necesite que la aten, o casi peor, medicarla para controlar su comportamiento.

En caso de que no haya más remedio que establecer alguna sujeción física, habrá que vigilar, cada 2 h como máximo, el estado de ánimo, si la postura causa algún perjuicio, si la temperatura en las extremidades es correcta, o si tiene alguna necesidad, como ir al aseo. También conviene evitar el aislamiento, dar conversación, entretenimiento, y estar pendientes de lesiones que podrían derivarse de la postura (úlceras por presión) o por la incontinencia (por problemas de higiene). Si hablamos de sujeciones químicas, hay que buscar el máximo nivel funcional de la persona con el mínimo de dosis posible. En definitiva, conseguir el mejor balance entre los problemas que se quieren atajar, y la aparición de efectos adversos. Y suspender el tratamiento tan pronto se pueda, con tal de que el medicamento no cause una pérdida de autonomía irreversible.

Y ya para terminar, hay que insistir una vez más en que las sujeciones se suelen establecer para evitar caídas. Es tentador optar por una solución simple para un problema complejo, pero suele ser un error, porque no abordamos las causas, y sí que generamos nuevos problemas. Y es que toda persona con riesgo de caídas, incluidas aquellas con algún tipo de demencia, debería someterse a una revisión para valorar los medicamentos que toma, el equilibrio, la coordinación, la fuerza muscular, el sistema cardiovascular, la vista, el oído, los niveles de glucemia, el grado de hidratación, la presencia de dolores, el estado de ánimo, la interacción con el entorno y los demás, los problemas de conducta, y hasta los patrones de sueño. Casi siempre, interviniendo en estos factores, se reduce el riesgo de caídas significativamente sin los inconvenientes que ya hemos visto de atar física o químicamente a una persona mayor.

Es todo por hoy, esperamos haber arrojado luz sobre este asunto, tan polémico y delicado. ¡Muchas gracias por leer!

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