
Una situación de dependencia supone un reto para cualquiera, y más si se ha presentado de repente. Cada cual reacciona como puede, pero es muy probable que nuestro familiar desarrolle comportamientos inadecuados que dificulten su cuidado. Vamos a ver cómo enfrentarnos a ellos.
(Si lo prefieres, puedes obtener esta información en formato vídeo).
Prevención.
La forma más inteligente de lidiar con problemas de comportamiento es evitando que se presenten. Para ello, podemos intervenir en:
- El ambiente. Muchas veces, un entorno hostil da pie al mal humor y a los malos modos. Podemos evitar ruidos, discusiones, y conversaciones irritantes. Con ello, ganamos todos.
- No pedir peras al olmo. Es fácil abrumar a una persona dependiente con exigencias, sobre todo, si no son graduales. Entonces aflorarán sentimientos de frustración y rabia. Ojo, que también podemos pecar de lo contrario: si le tratamos como a un niño o un discapacitado, puede rebelarse.
- Eliminar situaciones confusas. Tomar decisiones siempre es una fuente de tensión, sobre todo, cuando no nos sentimos capaces. Por lo tanto, simplifiquemos quitando de su vista la ropa que no es adecuada a la época del año, o los medicamentos que no tiene que tomar.
Intervención.
Bien, a pesar de nuestros esfuerzos por evitar los conflictos, éstos se van a seguir presentando. Veamos cómo podemos reconducir la situación. Prestaremos atención a:
- Comunicar eficazmente. Ya sabemos que los malentendidos propician muchos conflictos. Así que merece mucho la pena que cuidemos este aspecto, dando pautas fáciles y concretas, haciendo sugerencias, y acompañando con el tono y los gestos para hacernos entender sin esfuerzo.
- Establecer límites. Como es natural, a nadie le gusta que se los pongan. Por esto, conviene fijarlos con tacto, usando el tono el voz adecuado, y sin atacar a la persona. En lugar de decir “eres insoportable, siempre dando tormento”, es mejor “no me agarres de la ropa, usa el gesto que hemos dicho para atenderte”. También ayuda hacerle entender las consecuencias de su comportamiento: “no hagas ese tipo de comentarios, que me molestan”.
- Llegar a acuerdos de conducta. Lo primordial es evitar que nuestro familiar obtenga nada bueno por comportarse mal. Y es muy sencillo: basta con retirar la atención cuando la persona incurre en esa conducta. Esto es lo que mejor funciona ante agresiones, demanda continua de ayuda, o los gritos y llantos por captar nuestra atención. Al principio puede que insista con más ahínco, pero acabará cediendo.
- Desviar la atención de la persona. La idea es que nuestro familiar esté distraído con actividades significativas, y no tenga ocasión de comportarse mal. Pero si ya ha empezado a quejarse, también podemos reconducir su atención hacia lo que estaba haciendo (“venga, que ya te queda poco…”), o darle otra ocupación. Por ejemplo, si empieza a golpear la mesa, le podemos dar alguna tarea manual útil, como emparejar calcetines.
- Proporcionar actividades incompatibles con las conductas indeseables. Por ejemplo, si la persona se lamenta, grita o llora, la podemos animar a cantar. O si demanda atención excesiva, le pedimos que formule peticiones razonables en su lugar. Y si usa un lenguaje agresivo, respondemos con palabras neutras, o incluso con halagos.
- Que corrija los daños ocasionados. Si tira adrede un plato, hacer que lo coloque en su sitio, o que ayude a recoger los trozos.
- Quitarle algo que le guste, si se comporta mal. Por ejemplo, si nos insulta, se queda sin postre; pero si nos pide perdón, se le pone la mitad de lo que teníamos pensado. La idea es combinar la retirada de algo que le guste con la reparación de daños, ¿me explico?
- Retirarle a un lugar tranquilo hasta que recupere el dominio de sí mismo. Esto se ha visto que es útil cuando la actitud agresiva o la agitación es persistente.
Bueno, y hasta aquí por hoy, espero que hayan sido útiles estas sugerencias. Pero si han quedado con ganas de más, visita la próxima entrada, ¡muchas gracias por leer! ¿Te animas a comentar, compartir o suscribirte?