Ictus: y ahora, ¿qué?

En las entrada precedentes hablábamos de cómo reconocer un ictus, y cómo prevenirlo. Hoy veremos qué cabe esperar a partir de la confirmación del diagnóstico.

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Desde luego, en el hospital tratarán de establecer qué tipo ha sido, sobre todo a partir de un escáner cerebral. Si el ictus es isquémico, y las condiciones de salud y tiempo transcurrido lo permiten (no han pasado más de 6 horas), tratarán de deshacer el coágulo con un fármaco o con un catéter. Si el ictus es hemorrágico, posiblemente se requiera una intervención quirúrgica para descomprimir el cerebro y retirar el coágulo.

Una vez superada la fase de tratamiento urgente, llega el momento de plantear la rehabilitación y los cambios que habrá que introducir. En general, la rehabilitación comenzará tan pronto sea posible, incluso en el propio hospital, y se prescribirá a toda persona que era autónoma y autosuficiente antes del accidente. Con ello habrá muchas posibilidades de recuperación, y siempre que el daño sea limitado, aunque implique meses o años de rehabilitación, medicación y terapia ocupacional. La mayor parte de la recuperación se consigue en los 3 primeros meses, y a los 6 meses suele alcanzarse el máximo. En todo caso, el objetivo es evitar recaídas, y acelerar la reincorporación social, familiar y laboral hasta donde sea posible.

El mayor reto al que se enfrentan todos es aprender a lidiar con la nueva situación. Del paciente se espera que colabore al máximo en sus cuidados para fomentar su autonomía y autoestima; y de sus cuidadores, que realicen los cambios necesarios para cuidar de una persona con una discapacidad sobrevenida. En este canal encontraréis información útil para cada situación imaginable.

Pero, ¿de qué problemas estamos hablando? ¿Cuáles son las secuelas y complicaciones que cabe esperar de un ictus? Por supuesto, la edad y la gravedad influirán bastante, pero veamos con más detalle a qué nos enfrentamos.

De una parte tendremos los problemas orgánicos, y por otra, los psicológicos.

En el primer grupo tenemos la pérdida de fuerza o movimiento en una parte del cuerpo, rigideces, dolor, cambios de sensibilidad, la afectación del equilibrio, o la alteración de la visión, y todo ello puede propiciar caídas. Y por eso, cobran especial relevancia las adaptaciones y ayudas para prevenirlas.

También la alteración del lenguaje es un inconveniente frecuente, en el que la familia jugará un papel fundamental para la recuperación del paciente, sobre todo, reconociendo los esfuerzos, y elogiando cualquier pequeño progreso. Además, conviene estimular cualquier tipo de comunicación, ya sea hablada, gestual, señalando o dibujando; simplificar el lenguaje, con frases cortas, sencillas, con preguntas que se puedan responder con pocas palabras, o dándole varias opciones para elegir; se debe tratar a la persona como lo que es, adulta, y tratar de interesar con los temas de conversación; también está la posibilidad de que un logopeda oriente la rehabilitación en este campo.

Afortunadamente, las afasias (el trastorno del lenguaje por la afectación del área del cerebro que lo rige), aunque pueden deprimir a la persona al sentirse desvalida y poco productiva, todas mejoran gracias a la plasticidad del cerebro.

En cuanto a los problemas psicológicos, se entienden mejor cuando comprendemos que se derivan de la dificultad de asumir las nuevas limitaciones. Destaca la depresión que acabamos de apuntar, pero también la ansiedad, el desánimo, los trastornos del sueño, el deterioro de la memoria, la apatía, la negación de los cambios derivados del ictus, las risas o llantos sin motivo, o la irritabilidad. Todo esto puede complicar la recuperación, al tener un impacto directo en el ánimo de familiares y cuidadores. Una vez más, recuerdo que en este blog encontraréis cómo lidiar con todos estos problemas. Y si el estado depresivo dura más de 6 semanas, puede que haya que recurrir a alguna ayuda farmacológica.

Al margen de estar preparados para lo que nos puede deparar la recuperación de un accidente cerebro vascular, es importante prevenir un nuevo episodio, pues el pronóstico será peor. Hay que animar a la persona a que incorpore hábitos, como los descritos en la entrada anterior, en el que hablábamos de cómo prevenir el ictus. Y si el médico lo considera oportuno, deberá tomar antiagregantes plaquetarios, similares a la aspirina, para prevenir la formación de trombos, así como antihipertensivos. En todo caso, se debe consultar al médico si aparecen mareos, pérdida de fuerza en las extremidades, entumecimiento, o cualquier otro síntoma neurológico nuevo.

La inmovilización también puede dar lugar a complicaciones: un miembro paralizado puede quedarse rígido, dificultando el cambio de postura, y forzando la posición; el hombro puede doler por una subluxación (se “descuelga”), y limitar la movilidad; las escaras por apoyos prolongados son un problema que ya hemos tratado aquí; y no nos podemos olvidar de la propensión a que se formen coágulos en las piernas por la ralentización del retorno venoso: esos trombos pueden dar lugar a trombosis en órganos. Desde luego, para prevenir todas estas complicaciones hay que movilizar todo lo posible dentro de las circunstancias particulares: limitar el tiempo que pasa en la cama, movilizar regularmente y de manera suave los miembros paralizados, realizar fisioterapia, cambiar frecuentemente de postura, usar cabestrillos o férulas para evitar malas posturas, o que el hombro se descuelgue, no dormir sobre el lado paralizado, usar colchones antiescaras, usar crema hidratante en las zonas más expuestas, y mover frecuentemente las piernas.

En algunos pacientes pueden aparecer crisis convulsivas o epilépticas, en las que se mueven uno o varios miembros como consecuencia de la inflamación de la corteza cerebral. Hay medicamentos para tratar este problema, y hay que advertir de la importancia de no interrumpir el tratamiento, ya que puede dar lugar a nuevos episodios convulsivos.

Y esto es todo por hoy, ¡muchas gracias por leer! Y que vaya muy bien. ¿Te animas a comentar, compartir o suscribirte?

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