
Los pacientes con EPOC suelen sentir ahogo y fatiga incluso con pequeños esfuerzos, y esto hace que pasen más tiempo sentados o echados, y dejen de salir a caminar. Ya hemos tratado extensamente la actividad física en este blog, sobre los beneficios que aporta, cómo establecer metas, qué tipos practicar, etc. Hoy nos vamos a centrar en las razones relacionadas con esta enfermedad.
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El ejercicio físico proporciona beneficios muy interesantes al paciente con EPOC, porque mejora el uso del oxígeno, potencia el sistema cardiovascular, disminuye la hipertensión, mejora la disnea, ralentiza la progresión de la enfermedad, y reduce el riesgo de ingresos hospitalarios. Por no mencionar que reduce el estrés, la ansiedad, la depresión, y mejora la calidad de vida, ¡casi nada! No es de extrañar que sea el tratamiento no farmacológico más recomendado en estos casos.
Desde luego, lo ideal sería contar con un programa específico de rehabilitación respiratoria, y llevarlo a cabo bajo supervisión profesional. Pero si no está a nuestro alcance, el objetivo debe ser mantenerse activo, y no estar demasiado tiempo en el sofá.
Recomendaciones.
Como ya apuntábamos en la entrada dedicada al ejercicio físico, nunca es tarde para iniciarse. Eso sí, conviene que la actividad nos motive, y sea asequible: andar, andar con bastones, bailar, nadar, subir escaleras, pasear en bicicleta, sacar al perro…
También debemos ser progresivos, y darle tiempo al cuerpo a que se adapte. Protestará y se resistirá, pero sin esfuerzo no hay logros. Se puede empezar por hacer ejercicio aunque solo sea por espacio de 10 minutos, 2 días en semana, e ir aumentando hasta llegar a hacerlo todos los días, hasta llegar a media hora diaria, aunque sea en 3 tandas de 10 minutos. ¿Y con qué intensidad? La mejor referencia nos la da la respiración. Si nos buscamos a alguien para salir a andar matamos dos pájaros de un tiro, porque nos hará más agradable la práctica del ejercicio, y poder hablar durante la caminata será el mejor indicador de que mantenemos un ritmo adecuado. Si podemos cantar, vamos demasiado relajados, si no podemos mantener una conversación, vamos “pasados” de intensidad. Por cierto, no pasa nada por pararse a descansar, no es cuestión de machacarse. Lo importante es moverse.
Si usamos podómetro, hay que procurar hacer entre 5.000 y 10.000 pasos diarios.
¿Y si hace muy mal tiempo? Pues convertimos nuestra casa o edificio en un gimnasio, recorriendo los pasillos y subiendo escaleras. Si pasamos demasiado tiempo sentados, podemos aprovechar las pausas publicitarias para levantarnos, ir al aseo, a la cocina a beber agua, o pasearnos. No es mala idea hacerse con algún aparato para andar o pedalear en el domicilio.
Control de síntomas.
En toda circunstancia, pero sobre todo, al hacer ejercicio, hay que respirar de forma tranquila y profunda, sin elevar los hombros. Y para aliviar la sensación de falta de aire, podemos expulsarlo por la boca, frunciendo los labios, para oponer algo de resistencia, y duplicar el tiempo de exhalación respecto a la inhalación.
Hay que usar los inhaladores prescritos antes de la actividad física, y acordarse de llevar la medicación de rescate, si está recetada.
Si es oxígeno lo que está prescrito, hay que llevarlo durante el ejercicio, y consultar al equipo médico sobre cómo adaptar el suministro a una mayor demanda de oxígeno.
En cualquier caso, hay que consultar con el médico si aparece dolor en el pecho, más cansancio o ahogo de lo normal, u otra molestia fuera de lo común.
Merece la pena mencionar que existen pulsioxímetros que permiten monitorizar la saturación de oxígeno en la sangre, así como los latidos. Es cuestión de que cada cual valore si en su caso particular pueden aportar más beneficio que angustia.
Y hasta aquí por hoy. Ya nos hemos cansado con el ejercicio físico, ahora toca descansar, y en la próxima entrada veremos qué hay que tener en cuenta para dormir bien. ¡Muchas gracias por leer! ¿Te animas a comentar, compartir o suscribirte?