Efectos secundarios e interacciones de los medicamentos.

A estas alturas hay pocas dudas de que los medicamentos son fundamentales en nuestras vidas: combaten bacterias dañinas, alivian el dolor y salvan vidas. En definitiva, curan enfermedades, y controlan otras muchas. Pero tienen también su lado negativo. Por así decir, los medicamentos funcionan en un delicado equilibrio con el cuerpo y entre sí. A veces ese equilibrio se rompe, y aparecen efectos adversos relevantes o interacciones entre los medicamentos que afectan a su desempeño.

Es por esto por lo que los médicos suelen buscar la mínima dosis terapéutica con la que lograr el efecto deseado, al tiempo que se reduce el riesgo de efectos no buscados. Y por lo que agendan visitas adicionales, con tal de afinar la dosis, o probar con otra estrategia farmacológica.

Efectos secundarios.


Todos los medicamentos tienen efectos secundarios, es decir, consecuencias indirectas y generalmente adversas derivadas de su uso. Esto no quiere decir que todos padezcamos esos efectos, hay muchas personas que no los notan, o son capaces de lidiar con ellos. Los llamamos secundarios porque suelen ser menores, y hasta tienden a desaparecer después de tomar el fármaco durante algún tiempo; pero a veces su importancia es de primer orden, lo cual nos impulsa a dejarlo y a buscar alternativas. Sin embargo, es preferible consultarlo con el médico, para que valore si puede bajarse la dosis, o merece la pena sustituirlo por otro.
En cualquier caso, conviene estar atentos a los síntomas de una reacción alérgica grave a un medicamento, que puede resultar fatal: problemas para respirar, urticaria, hinchazón en cara, labios, lengua o garganta, o desmayarse. En estos casos hay que ir o llamar inmediatamente a emergencias.
Dejando a un lado este caso particular, no hay forma de saber con seguridad si un medicamento causará efectos secundarios. Puede depender de la cantidad, de la edad, del peso, del sexo, y de otros problemas de salud presentes. Pero se sabe que las personas mayores tienen más probabilidades de sufrir efectos secundarios que los jóvenes.
Estos efectos pueden aparecer al empezar a tomar un medicamento, al cambiar de dosis, o incluso al dejar de usarlo. Es más, ni siquiera los fármacos a los que estamos habituados están exentos de provocar efectos secundarios. También puede ocurrir lo contrario, por supuesto: que desaparezcan.

En definitiva, es complicadísimo saber de antemano si va a haberlos, y en qué grado. Sin embargo, sí merece la pena hablar con el médico o el farmacéutico sobre cuáles cabe esperar, con qué rapidez pueden aparecer, si es posible que desaparezcan por sí solos, y si se puede hacer algo para minimizarlos, como tomar el medicamento con las comidas, a una hora determinada, o evitar el alcohol. También si se debe realizar alguna prueba para detectarlos, si se puede hacer algo para controlar los efectos secundarios leves, y establecer cuándo y a quién pedir ayuda. Por cierto, las autorizaciones de comercialización de los fármacos por parte de las agencias reguladoras se basan, en parte, en el seguimiento activo de los efectos en la población que los usan. Esto quiere decir que podemos y debemos comunicar aquellos síntomas que consideremos relevantes. En España, esto se hace a través de un formulario en línea.

¿Qué hacer con los efectos secundarios leves?


En general, cabe preguntar al médico si se puede tomar menos cantidad del fármaco en cuestión, o probar otro. Lo último que debería hacerse es tratar cada efecto secundario con otro medicamento, puesto que todos tienen. La polimedicación añade peligros, como dificultar el diagnóstico de enfermedades, aumentar el riesgo de confusiones en la toma, y propiciar interacciones que desencadenen un resultado muy negativo. Un ejemplo: si un paciente refiere a su médico problemas de sueño, y optan por un somnífero, puede aumentar el riesgo de caídas.

Así que, en lugar de dejarnos llevar por una cascada de medicación, repasemos algunos consejos para ayudar a controlar ciertos efectos secundarios habituales.
Estreñimiento. Es recomendable comer salvado u otros cereales integrales, frutas y verduras con alto contenido en fibra, como manzanas, ciruelas pasas, judías o brócoli. Animar a las personas mayores a beber más agua de lo que dicta la sed es muy importante, dado que es frecuente que este mecanismo se deteriore con la edad. Dicho en román paladino: es habitual que las personas mayores beban menos de lo que necesitan. Y si siempre es recomendable el ejercicio, como andar, aquí tenemos un motivo adicional, dado que estimula el tránsito intestinal.

Diarrea. Hay que decantarse por alimentos suaves y con poca fibra, como compota de manzana, arroz y yogur. Asimismo, conviene evitar los alimentos picantes y con mucha grasa hasta sentirse mejor.

Estos problemas los hemos tratado ya en este blog, concretamente, en el contexto de cuidado de personas dependientes.
Somnolencia diurna. Este problema puede desaparecer a medida que el cuerpo se acostumbra al medicamento. En todo caso, cabe preguntar si se puede tomar el medicamento al acostarse; y desde luego, evitar conducir o realizar tareas peligrosas con sueño.
Mareos. Lo mejor que se puede recomendar es levantarse lentamente desde la posición sentada o tumbada.
Boca seca. Los chicles o caramelos sin azúcar pueden aliviar esta sensación. Pero más importante es beber con frecuencia sorbos de agua a lo largo del día, por ejemplo cada media hora.
Dolor de cabeza. Puede desaparecer a medida que el cuerpo se acostumbra al medicamento, pero también cabe preguntar al médico si tomar algún otro para aliviarlo; siempre y cuando ese dolor afecten significativamente al día a día, y dé lugar a otros problemas. Recordemos: todo medicamento tiene efectos secundarios.
Pérdida de apetito. Una forma de compensar una ingesta menor es tomar tentempiés saludables entre las comidas. Y por otra parte, incrementar la proporción de los alimentos favoritos en las comidas. ¡Ah! Uno de los ingredientes que mejor estimula el apetito es un paseo antes de comer.
Malestar estomacal (náuseas). Conviene preguntar al médico o el farmacéutico si se puede tomar el medicamento con alimentos. Por otro lado, tal vez distribuir en unas cinco comidas al día las tres principales contribuya a reducir las náuseas. A su vez, puede ser de ayuda evitar fritos, alimentos grasos, dulces y picantes. Son más tolerables alimentos blandos, como galletas y pan. Por último, los caramelos o chicles de menta pueden ayudar a calmar el estómago.
Sensación de nerviosismo. Este síntoma suele remitir a medida que el cuerpo se acostumbra al fármaco; aunque siempre se puede preguntar si es posible bajar la dosis.
Problemas sexuales. Ante esto caben dos estrategias: o reducir la dosis, o cambiar de medicamento, si el balance riesgo/beneficio lo permite.
Problemas de sueño. Para dormir conviene evitar la cafeína, la nicotina y el alcohol, así como el ejercicio desde la última hora de la tarde en adelante. El dormitorio debe estar tranquilo, oscuro y fresco. Y si es necesario, siempre se puede recurrir a antifaz y tapones.
Sensibilidad al sol. Algunos fármacos sensibilizan al sol, por lo que habrá que evitarlo moviéndose por las sombras, y usando ropa que proteja de él. También puede que haya que empezar a usar factor de protección solar adecuado, o revisar al alza el que ya se usa.
Interacciones de los medicamentos.
Como decíamos al principio, los fármacos que se toman juntos pueden estar funcionando en un delicado equilibrio; cuando se rompe, decimos que interactúan y pueden dar lugar a una mala reacción. Por ejemplo, un medicamento puede potenciar o reducir el efecto de otro.
El caso es que estas interacciones las pueden producir medicinas propiamente dichas (con o sin receta), suplementos vitamínicos y minerales, remedios herbales, y por supuesto, alimentos y bebidas.
Si se acude a varios médicos, y alguno de ellos no conocen todos los medicamentos que se toman, una interacción puede confundirse con una enfermedad. Por ejemplo, algunos medicamentos pueden causar problemas de memoria que induzcan al médico a pensar en demencia. Las caídas pueden ser un signo de exceso de medicamentos, más que de fragilidad. Esto no es un alegato contra la polimedicación, más bien un llamamiento al uso prudente de la farmacia, que empieza informando a todos los médicos de todos los tratamientos que se siguen. Desde luego, cuantos más se tomen, más probabilidades de interacciones, algunas de las cuales pueden resultar peligrosas, y más complejo se vuelve atribuir correctamente los síntomas: hay que tener en cuenta qué medicamentos, qué dosis, la edad, el peso, el sexo, y si hay otros problemas de salud de base.
Utilizar los medicamentos de forma segura.
La mejor forma de mejorar la seguridad empieza por uno mismo. Hay que entender por qué se toma cada medicamento, cómo se llama, quién lo prescribe, en qué dosis, cuándo, y hasta qué efectos secundarios hay que vigilar. Lo siguiente es asegurarse de que la lista completa y actualizada se somete a un programa informático en busca de interacciones peligrosas o conflictos: puede ocurrir que se hayan recetado dos medicamentos de distinto nombre pero con el mismo principio activo. O que en la lista se encuentren dos que actúan el uno contra el otro, o se potencian. Un ejemplo: si se padece una insuficiencia cardíaca que se trata con digoxina, puede haber problemas con la claritromicina -un antibiótico utilizado para la neumonía- porque aumenta el efecto del primero.

Para evitar estos riesgos es muy recomendable abastecerse a través de una sola farmacia que disponga de medios para detectar esta clase de problemas.

Conviene pasar a limpio toda esta información, una vez haya superado estos filtros, y llevar consigo una lista para llevarla cualquier consulta, o que la encuentren los servicios de emergencia, llegado el caso. Dejo aquí un enlace de un modelo para descargarse en PDF.

Por cierto, en esta lista también deberían tenerse en cuenta los suplementos herbales y dietéticos. Para ilustrar la importancia de esto diremos que, por ejemplo, el gikgo biloba, el ginseng o el ajo en grandes cantidades pueden aumentar la probabilidad de hemorragias. Esto significa que pueden ser peligrosos si se toman junto con anticoagulantes, o antiinflamatorios no esteroideos (AINE), como el ibuprofeno.
Ah, y no nos olvidemos de los alimentos. Pueden resultar peligrosas ciertas combinaciones. Un ejemplo, el acenocumarol es un anticoagulante que ve seriamente comprometida su acción si se ingieren cantidades significativas de vitamina K. En cambio, el alcohol o el zumo de grosella aumentan el riesgo de hemorragias, porque potencian su efecto. Por su parte, el zumo de pomelo puede malograr el efecto perseguido de las estatinas, o de medicamentos para tratar la hipertensión.

Lo que pretendemos es concienciar y que no nos tomemos los fármacos a la ligera.
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