
Está claro que no siempre vivimos donde queremos, sino donde podemos. Y a medida que cumplimos años, nuestras posibilidades de elección pueden reducirse, sobre todo, por cuestiones de salud. En una entrada anterior ya vimos las alternativas que existen tanto para afrontar los gastos adicionales que supondría quedarse en casa, como para mudarse. Hoy vamos a abordar las cuestiones más prácticas relacionadas con la opción de permanecer en el hogar.
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De entrada, hay que reconocer que no se puede prever todo, cómo va a evolucionar la propia salud o la del cónyuge. En este sentido, cabe plantearle al médico nuestras dudas acerca de la evolución probable de una determinada enfermedad, y actuar en consecuencia, pero poco más. Por ejemplo, se conoce muy bien lo que cabe esperar del Alzheimer (tal vez no tanto lo rápido que avance), pero no es fácil pronosticar el curso de una enfermedad como la diabetes, o una insuficiencia cardíaca.
Así que lo más inteligente es considerar los aspectos clave que permiten a una persona seguir en su vivienda habitual. Vamos a verlos:
- Cuidado personal. Si cada vez resulta más difícil bañarse, lavarse el pelo o vestirse, será bueno plantearse obtener ayuda, ya sea de algún amigo o familiar, que puede aprender cómo ayudar, o recurrir a un profesional para que asista en estas tareas según se requiera.
- Tareas domésticas. En cuanto a las compras, cada vez hay más supermercados y farmacias que sirven a domicilio, tomando los pedidos por internet o por teléfono. Hasta hay lavanderías que se encargan de recoger la ropa y devolverla limpia y planchada. También se puede contratar a alguien por horas para que ayude a mantener limpia la vivienda, que haga de comer, o que se encargue de la colada, por ejemplo.
- Comidas: A veces se puede compartir la cocina y las comidas con amigos y vecinos, lo cual puede suponer un alivio para contrarrestar la carga que supone hacer de comer, al tiempo que se añade un aliciente muy interesante: el de comer acompañados. Por ejemplo, uno puede hacer las compras, y el vecino, la cena. También puede haber establecimientos donde conseguir comidas de igual calidad que las hechas en casa. O hasta comedores especializados donde coincidir con más personas en circunstancias parecidas. Tampoco es mala idea pedir que algún allegado lleve comida saludable a casa varias veces en semana. O suscribirse a un servicio de envíos de comidas preparadas.
- Gestión del dinero. Es posible automatizar la mayor parte de los cobros regulares, domiciliando los correspondientes recibos, y así solo se requiere una supervisión de las cuentas por parte de uno, o de un pariente de confianza. Eso sí, conviene ser cautos para evitar estafas, y no facilitar ningún dato sensible a personas que se presentan en la puerta sin que las hayamos llamado: ni facturas de electricidad, ni número de la seguridad social, ni números de cuentas bancarias, ¡nada! Por lo demás, habrá que pensar en alguien de confianza que cuente con capacidad para negociar ante acreedores o ante seguros, y atender pagos, llegado el caso.
- Salud. Una de las mayores preocupaciones en el cuidado de los mayores está en el seguimiento de los tratamientos prescritos. Hay ayudas de todo tipo, tanto de baja tecnología, como son los sistemas personalizados de dosificación, es decir, pastilleros para ordenar las tomas de medicamentos, hasta de alta tecnología, como las aplicaciones móviles o los dispositivos electrónicos programables que recuerdan cuándo hay que tomar cada pastilla. Desde luego, lo ideal es contar con la supervisión de algún profesional o una persona de confianza para facilitar la adherencia al tratamiento recetado, especialmente si se está polimedicado (¿quién no lo está a partir de cierta edad?). Y si uno está solo, hay que decírselo al médico para que deje las instrucciones escritas de manera clara, para evitar confusiones. Ah, y tal vez sea el momento de interesarse por algún sistema de seguridad al que recurrir por si uno sufre una caída, por ejemplo. Por cierto, conviene prever que una persona pueda actuar como interlocutor, en caso de que el estado de salud impida expresar las preferencias sobre los tratamientos. En cada vez más sitios se tienen en cuenta las voluntades vitales anticipadas, un documento en el que se exponen las propias preferencias en función de las capacidades que se conservan, y de las perspectivas de la enfermedad que se tenga.
- Movilidad. Si se tienen dificultades para caminar, tal vez se pueda uno hacer acompañar por alguien, o por lo menos, recurrir a ayudas técnicas, el caso es mantener un mínimo de actividad física. Es posible que haya planes de transporte público ideados para las personas que están muy mayores para conducir su propio vehículo.
- Actividad social. Es muy probable que haya cerca de donde uno vive asociaciones, centros de día y clubes donde coincidir con los amigos y conocer a gente. ¿Que es difícil dejar el hogar? Pues puede uno recibir visitas, y buscar compañía para compartir buenos ratos hablando de lo que se quiera, o compartiendo aficiones.
- Vivienda. Tal vez admita algunas mejoras, como eliminar alfombras con las que tropezar, cambiar la bañera por una ducha, instalar en ella asideros firmes (¡anclados a la pared, por favor!), optimizar la distribución o mejorar la iluminación. Merece la pena averiguar si hay ayudas para acometer estas reformas.
Y ya para terminar, solo quería recordar que es posible informarse más a fondo sobre los recursos disponibles a través de los servicios socio-sanitarios, que suelen contar con un listado completo de las ayudas a las que se tiene derecho. Tal vez supongan la diferencia entre tener que irse de casa, o quedarse en ella, ¡casi nada!
Y esto es todo por hoy, muchas gracias por leer. Me encantaría que comentaras.
