
Al tío Jorge siempre le gustó su licor, así que nadie se da cuenta de que ya tiene un problema con la bebida. Por su parte, Marta fue abstemia toda su vida hasta que enviudó y empezó a tomar una copa para dormir mejor. Ahora, nadie se da cuenta de que necesita un par de copas para pasar el día.
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En este blog nos interesamos por nuestros mayores, pero cuando se trata del alcohol, lo cierto es que cualquiera, a cualquier edad puede tener un problema. El caso es que puede pasar más o menos desapercibido en el entorno, como en los ejemplos mencionados: el asunto es espinoso, las personas nos resistimos a reconocer nuestros fallos, y hasta en el sistema sanitario muchas veces se pasa por alto, salvo que haya evidencias de daños, cuando ya es tarde. En el caso de las personas mayores, hasta los problemas con el alcohol se pueden confundir con problemas de equilibrio que solemos asociar a la edad.

El cumplir años conlleva enfrentarse a situaciones que pueden ser la puerta de entrada a una adicción: la jubilación es un momento crítico, porque el consumo hasta ese momento ha podido estar limitado por el trabajo, pero cuando desaparece esa restricción puede que no baste con la fuerza de voluntad.
La depresión, la ansiedad, un cambio de lugar de residencia, el dolor físico, la discapacidad, una enfermedad grave o el perder a un ser querido son todos ellos factores capaces de desencadenar el alcoholismo. Y el problema puede presentarse sin siquiera aumentar la dosis, ya que el hígado no trabaja con igual eficacia que de joven, y puede que la persona se maree con la misma cantidad que venía consumiendo.
Sean cuales sean las circunstancias que empujen a una persona a beber, en el caso de alguien mayor hay razones específicas para tratar de revertir la situación. Y es que aumenta, como es lógico suponer, el riesgo de caídas y fracturas, pero también el riesgo de algunos tipos de cáncer, de daño hepático, de trastornos en el sistema inmunológico y de daño cerebral. También empeora el pronóstico de la osteoporosis, la diabetes, la hipertensión arterial, el ictus, las úlceras, favorece los fallos de memoria (que podrían confundirse con Alzheimer), y afecta al estado de ánimo. Hasta puede dificultar el diagnóstico de algún problema grave de corazón, ya que el alcohol produce cambios en éste y en los vasos sanguíneos, y puede enmascarar un dolor que avisa de un ataque al corazón.
Pero, ¿cómo podemos saber que estamos ante un abuso del alcohol? Bueno, hay algunos límites comúnmente aceptados, que son un tercio de litro de cerveza, una copa o vaso de vino, o un combinado de bebida destilada al día. O 7 bebidas a la semana. Esto es solo una guía, pero otra pistas de que se tiene un problema con el alcohol es que la persona sobrepase a menudo la cantidad que pretendía beber en cada ocasión, y que hayan fracasado sus intentos por abandonar o reducir la ingesta.
Otra pista importante es el deterioro que sufren las relaciones familiares, así como con amigos o vecinos. El abuso del alcohol está detrás no solo de accidentes domésticos y de coche, sino también de muchos casos de violencia doméstica.
Otra pista importante es el deterioro que sufren las relaciones familiares, así como con amigos o vecinos. El abuso del alcohol está detrás no solo de accidentes domésticos y de coche, sino también de muchos casos de violencia doméstica.

Y ¿qué podemos hacer al respecto? Bueno, lo primero es asumir que no podemos hacer que una persona se enfrente a un problema con la bebida, tan solo podemos ofrecer apoyo, y procurárnoslo, si es que tenemos que lidiar de cerca con la cuestión. Al hablar del asunto, hay que evitar etiquetar, señalar, afear: es más fácil que nuestro mensaje llegue si no se percibe como un ataque. En otras palabras, en lugar de decir “tienes un problema con la bebida” es mejor decir “me preocupa que bebas”, “me gustaría que vieras esta información”, “¿puedo acompañarte al médico?”.

Si la persona inicia algún tratamiento, podemos brindar nuestro apoyo, por ejemplo, ofreciéndonos a llevarla y traerla, y cultivando actividades e intereses que no involucren el alcohol. En paralelo, hay que cuidarse, hablar honestamente de cómo se siente uno, y si es preciso, buscar apoyo en amigos, familiares, o hasta en grupos especializados.
En fin, confío en que lo que he dicho aquí resulte útil, y no suene a sermón. ¡Muchas gracias por leer! ¿Te animas a comentar, compartir o suscribirte?