
Es muy posible que quien cuida de otra persona se sienta atrapado, sobre todo, si la situación de dependencia se ha presentado de repente. Y puede que no pida ayuda, ni se la estén ofreciendo. Estas circunstancias son las que conducen a la sobrecarga, y a los problemas de salud mental y física que apuntábamos en la entrada anterior.
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Lo primero es ver cómo se reparten las responsabilidades del cuidado. Posiblemente ese reparto no sea el idóneo, y deberíamos reflexionar sobre las razones que nos han llevado a él. Puede que nosotros mismos hayamos contribuido a ello sin siquiera ser conscientes.
Por ejemplo, ¿creemos que nadie lo puede hacer igual de bien? Bueno, si hemos asumido el cuidado desde el principio, seguramente nos habremos hecho expertos. Pero lo mismo puede pasar con cualquier otra persona, ¿no?, porque nadie nace enseñado. ¿O es que cocinamos o conducimos como el primer día que nos pusimos a ello?
Tal vez la persona dependiente prefiere que le cuidemos solo nosotros. ¡Normal! Somos animales de costumbres, y lo desconocido nos produce ansiedad. Pero no siempre puede uno tener lo que quiere, y por otra parte, tenemos capacidad para adaptarnos a nuevas situaciones, muchas veces, mejor de lo que creíamos. Seguro que hemos estado angustiados de antemano por algún cambio, y después nos hemos dicho: “tanta preocupación para nada…”.

Un error muy común es pensar que los demás conocen perfectamente cuál es nuestra situación, y por tanto, debería salir de ellos el ofrecernos su ayuda. Pero ¿acaso podemos leer el pensamiento de los demás, de saber lo que sienten, piensan o quieren?¿De saber lo que saben y lo que ignoran? Pues si nosotros no somos capaces, ¿cómo vamos a asumir que los demás sí?
También podemos pensar que la ayuda que nos podrían brindar sería escasa, y que no merece la pena: “total, para esto, mejor que no haga nada…”. Pero a lo mejor nos permite darnos un respiro, por pequeño que sea.
Muchas veces nos convencemos de que nosotros podemos, porque tenemos más tiempo y energía que ningún otro. En este caso, es importante distinguir entre necesidad y deseo. Una cosa es necesitar un descanso, y otra es desear ir a algún sitio. Lo mismo pasa con la persona dependiente, porque podemos confundir sus deseos con necesidades reales, o incluso con una necesidad nuestra. En cualquier caso, no parece buena idea esperar a sentirnos completamente desbordados para pedir ayuda, ¿verdad?
Quizá no pedimos ayuda porque sentimos que es responsabilidad exclusiva nuestra, y no queremos implicar a nadie, ni molestar, ni alterar las vidas de otros por la persona dependiente. Pero, ¿alguien nos ha otorgado esa responsabilidad en exclusiva, o hemos sido nosotros mismos? ¿Para qué están los servicios públicos? ¿Pensamos que es mejor agotarnos en lugar de que cada cual contribuya al cuidado? Pedir ayuda no es un signo de debilidad, ni un fracaso. Ninguna persona sola puede satisfacer las necesidades y deseos de otra, a la vez que las propias necesidades. No se trata de cuidar 24 horas, 7 días a la semana, cansados y de mal humor, sino de ofrecer cuidados de calidad, con energía y ánimo.
Bueno, a estas alturas, espero que estemos todos convencidos de la necesidad de
Pedir ayuda a familiares y amistades.
Como es habitual, cuando necesitamos ayuda hay que empezar por consultar con la familia y los amigos. Habrá que organizar una o varias reuniones donde se pueda hablar de qué personas están dispuestas a participar en los cuidados, cuánto se van a implicar, teniendo en cuenta las circunstancias de cada cual, quién se va a ocupar de qué, y qué días.
Desde luego, tendremos más posibilidades de conseguir ayuda si la pedimos de forma adecuada. Hay que evitar hacerlo de forma pasiva: “Bueno, yo es que…, mira, te quería pedir…, pero si tienes mucho que hacer, no pasa nada…”. Porque de este modo, le estamos dando a la otra persona argumentos para rechazar la petición. Tampoco conviene hacerlo de manera agresiva, imponiendo, porque la otra persona seguramente se pondrá a la defensiva.

Para pedir ayuda,
- Conviene saber bien qué queremos conseguir, y a quién dirigirnos, con tal de prever cómo se lo puede tomar, y qué consecuencias puede tener para nosotros en el corto y el largo plazo.
- También es importante buscar el momento oportuno.
- No es buena idea pedir más de una cosa a la vez.
- Es preferible solicitar permiso: “¿Puedo hablarte un momento…?, e ir al grano: “me gustaría que…”.
- Hay que ofrecer razones de lo que se pide “así yo podré…”, y no excusas: “Es que…”
- Tenemos que comprobar que la otra persona responde libremente: “Si no puedes, dímelo, no me voy a enfadar”.
- Si hay que insistir, mejor repetir cuantas veces sea necesario cada vez más amablemente: “Para mí es muy importante que, …así podré,…, sería muy amable por tu parte…, necesito que…”.
- Para evitar que la otra persona se haga la víctima, tendremos que centrarnos en hablar de sentimientos, pensamientos y comportamientos propios: “Últimamente estoy agotado, y me vendría muy bien que te quedaras”.
- Esto es una negociación, de modo que ante una negativa, cabe ofrecer alternativas: “entonces, ¿qué tal te vendría el sábado? O dime qué día puedes tú.
- Es bueno cuidar el lenguaje corporal, manteniendo una postura digna, y un tono de voz normal.
- Para terminar, mejor hacerlo de manera efusiva: “¡Muchas gracias! Menos mal que cuento con tu apoyo, significa mucho para mí.”
- Para aumentar las posibilidades de éxito, hay que ser persistente (intentándolo más de una vez), y flexible (dejando que la persona se lo piense, o pensando en alternativas). Tampoco viene mal usar algún cumplido o reconocer algo bien hecho antes de pedir lo que necesitamos.
Una vez conseguida la ayuda, es muy de agradecer un “aterrizaje suave”, indicando lo que tiene que hacer y cómo lo hacemos. Sin embargo, el cómo lo hacemos puede convertirse en fuente de conflicto si no respetamos las formas de cada cual. Conviene no polemizar sobre este punto, porque no suele haber un solo modo correcto de hacer las cosas. Si se nos escapa un “tendrías que haber hecho esto así”, nos podemos encontrar una respuesta del tipo: “pues si tan mal lo hago, no te preocupes, que no volveré a hacerlo”.
Ah, y hay que dar las gracias a la persona por el apoyo.
Puede ocurrir que, a pesar de nuestra mejores intenciones, no consigamos todo lo que necesitamos. En este caso, es momento de recurrir a
Pedir ayuda a servicios, instituciones y asociaciones.
En estas entidades encontraremos información muy valiosa sobre los recursos disponibles, y los requisitos para acceder a ellos.
En todo caso, conviene explicar nuestro problema de manera concisa: qué, por qué, para qué, y cuándo. Y si no encontramos lo que necesitamos, podemos pedir orientación sobre a dónde dirigirnos.

Hoy en día, deberíamos ser capaces de conseguir la ayuda necesaria mediante provisión pública o privada. Un buen sitio por donde empezar pueden ser los servicios sociales de nuestro ayuntamiento, o internet, cómo no.
Independientemente de la ayuda que consigamos, seguiremos siendo cuidadores. Y es importante conocer algunos patrones de pensamiento muy habituales que nos complican esa tarea. Las veremos en la próxima entrada.
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