
Muchas veces nuestras creencias acerca de algo son más importantes que el problema en sí al que nos enfrentamos. Vamos a explicar esto con ejemplos.
(Si lo prefieres, esta información está disponible en formato vídeo).
Creencias irracionales.
Las exigencias.
Es muy fácil reconocer las exigencias, porque van precedidas de “debería”, “habría que”, “tendría que”, “siempre”, “nunca”, “totalmente”, o “perfectamente”.
Si nos las decimos a nosotros mismos, seguramente nos conducirá a sentimientos de culpabilidad y fracaso; y si se las dirigimos a los demás, favorecerán conductas agresivas y de ira.

Lo mejor para tratar con exigencias es mantener unas normas flexibles, y cuestionarlas. Las exigencias suelen pasar por alto que pueda haber excepciones y circunstancias particulares. La persona que exige asume que solo hay un modo de hacer las cosas, lo cual es rotundamente falso. Puede haber maneras más convenientes, y mejores. Hay que distinguir claramente entre “debería” y “me gustaría”.
El catastrofismo.
Todos conocemos a quienes siempre se temen lo peor, aunque no haya motivos suficientes para ello. Tienden a exagerar las posibilidades de que ocurra lo que temen, y las consecuencias negativas que acarrearían. Y al mismo tiempo, minimizan los aspectos que atenúan la gravedad del problema, y lo que podemos hacer para manejarlo.
Es muy fácil identificar este patrón de pensamiento, porque suele empezar por un “y si…”. Además, suele relacionarse con las exigencias, sobre todo, cuando no se consigue hacer las cosas de un determinado modo, se invocan las terribles consecuencias que acarreará la acción. Cuando se califica una situación como “horrenda”, “horrorosa” o “terrible”, seguro que se pasan por alto aspectos que no lo son tanto, ¿verdad?

La racionalización.
Es la tendencia a minimizar o negar los propios problemas, preferencias o derechos. Cuando nos sorprendamos diciendo cosas como “no me importa”, “no tiene importancia”, “paso”, en cuestiones realmente importantes para nosotros, estaremos en este caso. Estaremos evitando enfrentarnos a una reivindicación legítima, o consolándonos por no haberla conseguido. Pero el no afrontar los problemas en el momento oportuno no hace que desaparezcan, más bien que se enquisten, y las expectativas poco realistas abonan la frustración.
Distorsiones cognitivas.
Los sesgos sistemáticos alteran nuestra percepción de la realidad, afectan a nuestras relaciones personales y, por tanto, a nuestro bienestar. Veamos algunos ejemplos.
- Generalización: a partir de una observación, llegamos a una regla. Si alguien comete un error pensamos que siempre lo va a cometer.
- Etiquetas: está muy relacionado con lo anterior, pero aplicado a la personalidad. Es decir, a partir de un rasgo o dos de la conducta llegamos a un juicio global sobre la persona.
- Sesgo confirmatorio: Si partimos de una idea preconcebida sobre alguien, tendemos a magnificar aquellos rasgos que concuerdan con ella, y ser ciegos a los que lo cuestionan. A menos que hagamos un esfuerzo consciente para contrarrestar esta tendencia, claro está.
- Pensamiento blanco o negro: no se aprecian matices, ni se ve el término medio.
- Razonamiento emocional: se cree algo porque lo sentimos así, como cuando no se soporta a alguien, y se concluye que ese alguien es insoportable.
- Leer el pensamiento: creemos saber qué sienten los demás y por qué se comportan de la forma en que lo hacen, ignorando los hechos y la lógica.
- Personalización: pensamos que todo lo que la gente dice o hace es una reacción hacia nosotros. Por ejemplo, si alguien está serio porque tiene un dolor, podemos pensar que está enfadado con nosotros.
- Autoestima condicional: consiste en pensar y sentir que necesitamos la aprobación de los demás, y que nuestro valor depende de determinados logros. Guarda relación con la auto exigencia.
- Sobrestimar los errores de los demás al tiempo que se minimizan los propios. O como todos habremos oído decir: ver la paja en el ojo ajeno, y no ver la viga en el propio.
Errores de atribución.
Es bastante frecuente equivocarnos al considerar quién es el responsable o la causa de nuestras emociones, nuestro comportamiento, y las cosas que nos ocurren a nosotros u otros.

En realidad, los demás o las circunstancias no nos causan las emociones, porque somos nosotros los máximos responsables de estas. No podemos controlar todo lo que nos pasa, pero sí cómo nos lo tomamos.
También podemos pensar que somos responsables de las emociones, el comportamiento, o hasta la vida de las personas que nos rodean, particularmente, de la persona dependiente.
Es también una tendencia muy común el sentirnos responsables de nuestras conductas positivas, atribuyéndonos el mérito, pero no de nuestros errores, y echarle la culpa a otros o las circunstancias.
Es posible que resulte chocante, pero pensar que cada uno tiene lo que se merece es un error.
Y ya para terminar, haremos un repaso del algunos patrones de pensamiento que no encajan en los grupos anteriores.
Otras creencias problemáticas.
- Creer que perseguir los propios intereses es algo malo, incompatible con ser atentos con los demás. La consecuencia de esta creencia es anteponer los intereses ajenos a los propios.
- Tener expectativas poco realistas.
- Pensar solo en el placer inmediato, en hacer solo lo que nos apetece, en detrimento de lo que nos convendría y desearíamos a más largo plazo.
- Pensar que hay que pagar con la misma moneda. El principio de reciprocidad lo tenemos bien interiorizado, pero puede estar viciado por las percepciones erróneas.
- Cuando alguien nos trata mal, creer que siendo amables, aguantándolo todo sin rechistar, la otra persona se dará cuenta, y acabará tratándonos bien.
- Creer en estereotipos muy extendidos sobre razas, extracción social, sexo,…
Si logramos tener presentes estas ideas, seguro que haremos mucho más llevadera y gratificante la labor de cuidar de un dependiente. De hecho, coincidirás en que estos principios pueden aplicarse casi a cualquier situación y relación, ¿verdad?
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