
Si hemos tenido a un ser querido hospitalizado, nos habremos esforzado al máximo cuidándolo, dejando en un segundo plano nuestras necesidades. Es como un esprint, llegamos cansados, pero sin dificultades. Pero si el cuidado se prolonga en el tiempo, el esfuerzo que hay que hacer se parece más al de una maratón, ¿verdad? Y si afrontamos esta situación de la misma forma, rápidamente nos faltará la energía, y tendremos que abandonar porque “ya no podemos más”.
(Si lo prefieres, puedes tener esta información en vídeo).
La situación de dependencia puede haber llegado de forma repentina o gradual, pero en todo caso, seguramente nuestra vida habrá dado un giro de 180º. Es posible que hayan surgido conflictos con otros familiares por las tensiones que conlleva el cuidado, o por las diferencias de opinión; quizá se nos complica compaginar el cuidado con el trabajo, y tenemos la sensación de estar incumpliendo con éste, o de dejar abandonado a la persona dependiente para ir a trabajar. Si tenemos la posibilidad de reducir la jornada, veremos cómo se reducen los ingresos, al tiempo que se incrementan los gastos. Por otra parte, puede que apenas nos quede tiempo de ocio o para compartir con amigos. Y qué decir de la salud: la fatiga mental y física nos hace más vulnerables a las enfermedades, y puede que se resienta nuestro estado desde el comienzo del cuidado.
Cada persona vive los cambios de manera diferente, en función de su condición y de las circunstancias. Pero conviene prestar atención a determinadas alarmas que nos indican que estamos sobrepasados. Veamos cuáles son estas
Señales de alarma.

Problemas con el sueño.
Cansancio permanente.
Aislamiento.
Enfadarse fácilmente.
Consumo excesivo de medicamentos, bebidas estimulantes, alcohol o tabaco.
Problemas físicos, como dolor de cabeza, de espalda, palpitaciones, temblores o molestias digestivas.
Olvidos y problemas para concentrarse.
Apatía.
Cambios de apetito.
Actos rutinarios repetitivos, como limpiar continuamente.
Exagerar la importancia de pequeñas cosas.
Cambios frecuentes de humor.
Propensión a los accidentes.
Dificultad para superar sentimientos depresivos o el nerviosismo.
Negación de estos síntomas, o achacarlos a causas ajenas al cuidado.
Tratar a otros con menos consideración de la habitual.

Si nos reconocemos en estas señales de alarma, ha llegado el momento de
Organizar mejor el tiempo.
El día viene durando 24 horas, y por más que queramos hacer todo lo que nos gustaría, no llegamos a todo. Y esto, que es una obviedad, sin embargo puede ser la mayor fuente de estrés: la falta de tiempo para cuidarse, para cuidar, para atender a otros miembros de la familia, para trabajar, para estar con amigos,…

Ante esta situación, está claro que tenemos que elegir, que establecer prioridades. Por encima de todas están las necesidades personales: comer, dormir, aseo, tiempo para uno. De no respetarlo, acabaremos enfermando.
Es fundamental distinguir entre “imprescindible” y “aplazable”, pensando en las consecuencias de no hacer algo inmediatamente. Al hilo de esto, muchas veces realizamos tareas con una frecuencia determinada, a la que estamos acostumbrados, pero que se puede cambiar. Seguro que podemos limpiar el polvo menos a menudo, aunque al principio nos cueste, acabaremos habituándonos. Y si no es así, hay que delegar: no podemos hacer lo mismo que antes, y con los mismo resultados. Es imposible que, sin ayuda, seamos capaces de atender a nuestra familia y a la persona dependiente.
El hecho de que uno se haya encargado de determinadas tareas no significa que eso no pueda cambiarse. Es cuestión de ver qué cosas puede hacer cada cual por sí mismo, tanto el dependiente como el resto de familiares, incluso si nunca lo han hecho, que “nadie nace enseñado”. Además, conviene informarse sobre los servicios a los que podemos acceder, tanto relacionados con el cuidado (ayuda a domicilio, centros de día, servicios de acompañamiento, etc.), como con otras tareas (envío a domicilio de compras, de comida, gestiones a través de internet…).
La siguiente fuente de estrés suele ser la persona objeto de cuidados, por lo que tenemos que aprender a
Poner límites a la persona dependiente.
Es muy humano que la vida nos golpee, y nos revolvamos contra quien tenemos más cerca. Una persona que encaja mal su nueva situación seguramente pedirá más ayuda de la que realmente necesita, y vuelque su frustración sobre los que tiene alrededor, sobre todo, el cuidador, que es el más expuesto. ¿Cómo podemos saberlo? Pues por estas señales:
Pide ayuda para tareas que puede hacer perfectamente por sí mismo.
Culpa a otros de sus propios errores.
Finge síntomas o los exagera para captar más atención.
Rechaza ayudas que facilitarían el cuidado, como la silla de ruedas.
Empuja o pega a quien le cuida.
Causa gastos económicos injustificados.
O se niega en redondo a gastar su dinero en servicios necesarios, como contratar a alguien para que le cuide.
Ante los abusos tenemos que plantar cara, pedirle cambios de comportamiento, al tiempo que fomentamos su autonomía. Hay 5 razones de peso:

1.-Uno no es mejor cuidador por acatar todo lo que la persona dependiente quiere. Al contrario, porque si empezamos haciendo en su lugar cosas que puede hacer, estaremos contribuyendo a hacerla más dependiente, porque irá perdiendo habilidades.
2.-Todos tenemos límites, y si nos imponemos ayudarle en todo, nos frustraremos por no lograrlo, nos sentiremos culpables. No es lo mismo ayudar lo mejor que uno pueda que tener que hacerlo todo.
3.-Cuántas más tareas haga la persona, menos esfuerzo nos costará su cuidado.
4.-Tenemos derecho a decir “no”, ya sea porque se trata de peticiones poco razonables, o porque no queremos.
5.-Merecemos el mismo respeto que la persona dependiente.
En la próxima entrada veremos cómo decir “no” a demandas excesivas, pedir cambios de comportamiento, y fomentar la autonomía.
Es todo por hoy, muchas gracias por leer. ¿Te animas a comentar y compartir?