
Un estudio reciente demostró que las personas con serios apuros de dinero son trece veces más propensas a sufrir un ataque al corazón. O dicho de otro modo, tienen un riesgo relativo del 1.300%, muy superior a cualquier otro factor de riesgo.
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¿Por qué les cuento esto? Bueno, pues porque nos bombardean sin parar con mensajes para cuidarnos, mensajes sobre alimentos buenos y malos, hábitos buenos y malos, consejos saludables, etc. Es fácil sentirse abrumados, y perder de vista lo realmente importante: la salud es una combinación de bienestar físico, psicológico y social. Tres ámbitos conectados entre sí, que debemos conquistar uno a uno y por completo, o nada funciona. Como dijo Platón hace ya algún tiempo, “la parte no puede estar bien a menos que el ‘todo’ esté bien».
Casi todos los mensajes se centran en lo físico, en darle al cuerpo lo que necesita, evitando lo perjudicial. Pero pasan por alto que los problemas de salud mental pueden ser tan perjudiciales como el tabaco, si no más. La mente influye mucho en la salud física.
A su vez, la salud mental depende de la salud social, y ésta es, quizá, la que más afecta a las expectativas de vida.
¿Quiénes son las personas con menor esperanza de vida del mundo? ¿Son los pobres? Pues no necesariamente, aunque claro está, la pobreza suele conllevar mala salud. Quienes tienen menos esperanza de vida son los desconectados de sus sociedades. La esperanza de vida más corta la tienen los aborígenes australianos y norteamericanos, los maoríes, y los inuit. Mueren entre una y dos décadas antes que los no indígenas. ¡20 años!
Esto nos enseña a no ser extraños en nuestra propia tierra, porque nos mata. De hecho, la soledad es un predictor de mala salud y de muerte prematura.
Por el contrario, vivir en ambientes de apoyo, donde sentirse parte importante de una comunidad, religiosa o no, que le da sentido a nuestras vidas, es muy bueno para nuestra salud. Esto se deduce al observar a las poblaciones más longevas, las que viven en las «zonas azules»: el interior de Cerdeña, Okinawa, o Icaria, por mencionar algunas.
Y no caigamos en la trampa de que el secreto está en el aceite de oliva y las ensaladas bajas en grasa, porque hay ejemplos que desafían esta idea: los habitantes de Okinawa son famosos por comerse todo del cerdo, y los del interior de Cerdeña consumen con alegría cordero, y lechón asado. En realidad, el factor común de estos grupos es que se «alimentan» de personas, las relaciones cara a cara tienen gran importancia, y los mayores no son una carga, sino miembros respetados de sus comunidades.
En resumen, las zonas azules nos enseñan que la salud social es muy, pero que muy importante, quizá el mayor determinante de salud de todos. Si nuestra salud social no es buena, la salud psicológica sufrirá, y la salud física se resentirá.
Así que seamos amables si queremos tener una buena y larga vida. Muchas gracias por leer. ¿Te animas a comentar, compartir o suscribirte?