Tratamiento para la diabetes

En una entrada anterior vimos cómo podemos prevenir y controlar la diabetes mellitus de tipo 2, así como qué hacer ante el diagnóstico, y qué opciones hay. También apuntamos algunas estrategias que van más allá del control de las glucemias, como dejar de fumar, tratar la hipertensión, o bajar los lípidos y el colesterol. Hoy vamos a centrarnos en los medicamentos usados para controlar la glucosa y la insulina en la sangre.

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Los antidiabéticos orales, mediante distintos mecanismos, favorecen la absorción de la insulina por los tejidos, o aumentan la producción de insulina, o bien, ayudan a eliminar el exceso de gucosa en la sangre a través de la orina. Son los médicos, junto con sus pacientes, quienes tienen que sopesar los riesgos y beneficios de cada uno de ellos. Si estos antidiabéticos se muestran insuficientes para controlar la enfermedad, habrá llegado el momento de recurrir a la insulina. Vamos a conocerla un poco mejor:

Insulina.

La insulina es una hormona producida por el páncreas encargada de eliminar el azúcar de la sangre, y favorecer que se almacene en el músculo en y en la grasa. En la diabetes, el nivel de azúcar es alto porque el cuerpo no produce suficiente insulina, o porque no responde adecuadamente a ésta. Cuando el médico considera que se debe administrar insulina, normalmente se suma a los medicamentos orales que se venían tomando.

Hay 2 tipos de insulina, los de acción lenta, o basales, que se administran 1 o 2 veces al día, que no suelen producir hipoglucemias ni ganancia de peso; y las de acción rápida, pensadas para contrarrestar las subidas de glucosa tras las comidas. Estas últimas se reservan cuando las del primer tipo resultan insuficientes para el buen control glucémico. También existen mezclas de los dos tipos. En cuanto a la dosis, al tratarse de una hormona natural, no hay peligro de intoxicación, pero sí de hipoglucemia.

¿Y cómo se administra? Pues con una inyección subcutánea, con una pluma de insulina de aguja fina que no suele producir dolor. Suele administrarse por la noche, y la dosis se ajusta con precisión girando un dial en la pluma. Se inyecta en el abdomen, en la parte externa del muslo, en las nalgas o en los brazos, en función del tipo de insulina del que se trate.

Al prescribir insulina, al principio del tratamiento habrá que comprobar el nivel de azúcar en la sangre una o dos veces al día, particularmente, en ayunas, con un glucómetro.

¿Efectos indeseables? Pues sí, dos, uno que se puede presentar inmediatamente, la hipoglucemia, y otro más a largo plazo, que es el aumento de peso.

Se puede viajar con las plumas de insulina sin que requieran unas condiciones especiales de conservación. Sin embargo, si se va a viajar en avión, es preciso llevarlas consigo, con el correspondiente informe médico, ya que el frío de la bodega puede resultar excesivo, y además pueden estar fuera de nuestro alcance si las necesitamos, durante el vuelo, o si se extravía el equipaje.

Por su importancia, vamos a detenernos un poco en las

Hipoglucemias.

Lo primordial es aprender a reconocerlas. A corto plazo producen sudor, mareos, temblores, debilidad, palidez, palpitaciones, entumecimiento, bostezos, hambre, náuseas, nerviosismo, confusión, dilatación excesiva de la pupila, y hasta pesadillas y gritos durante el sueño. A largo plazo, produce dolor de cabeza, alteración del comportamiento, confusión, convulsiones, descoordinación en la marcha, que se vuelve inestable con el consiguiente riesgo de caídas, dificultad en el habla, visión borrosa, anomalías en lo que se siente en la mitad del cuerpo, y hasta coma.

Y ¿qué hacemos si nos encontramos ante una crisis hipoglucémica? Lo mejor es proporcionar 15 g de carbohidratos de absorción rápida, como 15 g de azúcar o glucosa, 175 mL de zumo o refresco (mejor sin cafeína), o 15 mL de miel, una cucharada grande. Si pasados 15 minutos continúa igual, repetimos. Y cuando la glucemia vuelva a la normalidad, debemos proporcionar otros 15 g de hidratos de carbono, pero esta vez, de absorción lenta, para prevenir otra hipoglucemia: 3 galletas de tipo María, 1 pieza de fruta, mejor con piel, 1 vaso grande de leche, o 30 g de pan. Pero cuidado con pasarse, que podemos dar lugar al “rebote hiperglucémico”.

En caso de que el riesgo de hipoglucemias sea considerable, se debe prescribir glucagón, una hormona que eleva la glucemia. Es cuestión de aprender a administrarlo, y tener siempre una reserva sin caducar en el frigorífico.

Por lo demás, una hipoglucemia no reconocida, o la presencia de uno o más episodios de hipoglucemia severa debe hacernos revaluar el tratamiento. Y sobre todo, si el paciente ha experimentado una disminución de sus capacidades cognitivas.

Antes de despedirnos por hoy, me gustaría señalar que existen otros tratamientos. Concretamente, el quirúrgico. Sí, han oído bien: la cirugía bariátrica o metabólica cura por completo la enfermedad, sobre todo, en pacientes que han tenido diabetes entre 2 y 10 años, sin complicaciones. Las personas que más se pueden beneficiar son las que tienen una obesidad severa, que por lo tanto tendrán una diabetes difícil de controlar (por la resistencia a la insulina), y que a pesar de seguir las recomendaciones de alimentación y ejercicio no consiguen mejorar significativamente.

Por el contrario, no hay evidencia que apoye el uso de homeopatía, acupuntura o reflexología para el tratamiento de esta enfermedad.

Y con esto cerramos nuestro ciclo dedicado a la diabetes, por ahora. ¡Muchas gracias por leer! ¿Te animas a comentar, compartir o suscribirte?

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