Decidiendo con el médico/cirujano

Si nos hemos preparado bien para la visita (5 consejos para ir al médico), estaremos al corriente de lo que sucede, de cómo se ha llegado al diagnóstico, y por tanto, podremos beneficiarnos del mejor tratamiento participando en la toma de decisiones. Por supuesto, hay que entender bien qué implica el tratamiento, qué cabe esperar de él y qué no. Así que un buen punto de partida es contar con las instrucciones por escrito para sentirse libre de hacer las preguntas oportunas. Vamos a ver en más detalle qué hay que considerar a la hora de decidir sobre un tratamiento.

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Discutir las opciones.

La salud es algo complejo. No animamos a cuestionar cualquier prescripción, pero sí se debe cuestionar la pretensión de que no hay nada que discutir, que ante un problema de salud no hay más que una solución. De hecho, es raro encontrar que dos médicos coincidan en todo. Hay diferentes maneras de manejar muchas condiciones de salud, especialmente las crónicas como la hipertensión o el colesterol. Por cierto, estas condiciones son factores de riesgo, no son enfermedades en sí, ni son necesariamente las causantes de las patologías que se quieren evitar. Puede argumentarse que existe asociación o correlación, pero eso no implica que sean la causa, y por tanto, cabe mucho margen de actuación. De hecho, es muy cuestionable intervenir sobre un factor de riesgo que solo es predictivo (es decir, solo hay asociación); es mejor centrar los esfuerzos en los factores de riesgo explicativos (en los que hay causalidad demostrada). Por ejemplo: los dedos amarillos (por la nicotina) se asocian, son un factor predictivo del cáncer de pulmón, pero no tiene sentido combatir ese color en los dedos, sino combatir el tabaquismo, que sí es un factor explicativo, una causa bien conocida de la enfermedad. Otro ejemplo, no hay que tratar toda osteoporosis con bifosfonatos sin cuestionarse nada más, pero sí puede que su diagnóstico, sobre todo en los casos más severos, ayude a hacer intervenciones que eviten caídas, que sí explican las fracturas de cadera (la osteoporosis no es una condición ni necesaria ni suficiente para la fractura de cadera, por lo que combatirla no siempre está justificado).

Valorar el balance riesgo/beneficio.

Una vez tengamos acotadas las opciones, es momento de preguntar sobre las ventajas y desventajas de cada una. Hay que considerar los posibles efectos adversos, cuánto tiempo requiere el tratamiento, y qué posibilidades hay de que funcione para uno. Conviene tener claro que no hay forma de saber con seguridad si un medicamento causará efectos secundarios. Puede depender de la cantidad, de la edad, del peso, del sexo, y de otros problemas de salud presentes; pero se sabe que las personas mayores tienen más probabilidades de sufrir efectos secundarios que los jóvenes. En definitiva, es imposible saber de antemano si va a haberlos, y en qué grado. Sin embargo, sí merece la pena hablar con el médico sobre cuáles cabe esperar, con qué rapidez pueden aparecer, si es posible que desaparezcan por sí solos, y si se puede hacer algo para minimizarlos, como tomar el medicamento con las comidas, a una hora determinada, o evitar el alcohol. También si se debe realizar alguna prueba para detectarlos, si se puede hacer algo para controlar los efectos secundarios leves, y establecer cuándo y a quién pedir ayuda.

Considerar los propios valores y circunstancias.

Al valorar los pros y contras de cada tratamiento hay que considerar también el impacto que tendrá en la propia vida en general. Por ejemplo, ¿alguno de los efectos adversos puede interferir en alguna actividad importante para uno? O peor aún: ¿y si las pastillas para el insomnio me hacen sufrir una caída? Porque se sabe que las benzodiazepinas y otros medicamentos sedativos-hipnóticos duplican las fracturas de cadera. Por otra parte, el tratamiento puede resultar prohibitivo si no está cubierto por el seguro/Seguridad Social, o incluso estándolo, puede quedar fuera de las posibilidades económicas del paciente. Y el médico tiene que estar al tanto de esto para establecer una estrategia alternativa. Seguramente tú, estimado lector, habrás oído hablar del alto precio de la insulina en EEUU, hasta el punto de suponer una amenaza vital para pacientes diabéticos.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, el de tomar decisiones junto al médico: puede que nos oriente hacia una intervención quirúrgica, en cuyo caso, nos remitirá a un cirujano. Un buen comienzo sería pedirle que nos explique en qué consiste la operación, y dónde puede uno completar la información sobre esta intervención: páginas web, vídeos o libros.

En los casos en los que se recomienda una cirugía, así como cuando se diagnostica una enfermedad grave, los pacientes a menudo buscan una segunda opinión médica. Se trata de algo a lo que los médicos están acostumbrados, y hasta puede requerirlo el seguro que uno tenga, si bien hay otros que imponen restricciones a buscar esta segunda opinión.

¿Cirugía? Hay muchas preguntas que hacer.

Ya se consulte a uno o dos cirujanos, aquí van algunas preguntas que conviene plantear:

  • ¿Por qué debe realizarse la operación? Hay algunas que se llevan a cabo para combatir ciertos dolores, otras para mejorar las aptitudes funcionales del cuerpo, y otras son profilácticas, es decir, se realizan para prevenir enfermedades. Cabe preguntar cuál es la tasa de éxito, las posibilidades de alcanzar el objetivo marcado, y que la intervención resulte realmente útil; en definitiva, que los beneficios superen los posibles daños. Conviene recordar que los porcentajes afectan de manera asimétrica a las partes implicadas: un 1% de de intervenciones fallidas para el cirujano es un 99% de éxito para él, pero un 100% de fracaso para el paciente. De esto va el consentimiento informado, de ser consciente de los riesgos, y de asumirlos o rechazarlos.
  • ¿Qué complicaciones se pueden presentar, y cómo será la recuperación? ¿Cuánto dura?
  • ¿Qué alternativas hay? Con sus riesgos y beneficios. ¿Qué pasaría si la operación no se realizase?
  • ¿Hay riesgos específicos relacionados con la anestesia? ¿Y con mi edad o mi salud?

En fin, como vemos, tomar buenas decisiones junto con el médico o el cirujano implica informarse lo mejor posible, y colaborar de manera activa. Ya solo queda esperar lo mejor, sea cual sea la decisión.

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